INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ÁNGEL O DEMONIO

…El éxito en la creación de IA sería el evento más grande en la historia de la humanidad. Desafortunadamente, también podría ser el último, a menos que aprendamos a evitar los riesgos...
Stephen Hawking.

No es la intención de este texto, alabar o demonizar la Inteligencia Artificial (IA), sino más bien, partir de la premisa fundamentada en la ciencia como un arma de doble filo, a configurarse según los propósitos e intereses de quien la ponga en práctica. Así que, es justo y necesario hacer algunas referencias al respecto. Indudablemente la ciencia está íntimamente relacionada a la capacidad económica y fuentes de financiamiento, pues es un constante proceso investigativo que requiere de inversiones cada vez más costosas para lograr la sofisticación de los medios e instrumentos. He allí la diferencia en hacer ciencia en un país desarrollado a uno subdesarrollado, dependiente del conocimiento y la tecnología foránea. Aunque para el maestro Luis Beltrán Pietro Figueroa: “"No hay pueblos subdesarrollados, lo que hay son pueblos subcapacitados", mientras Peter Druker, antepone al subdesarrollo, la tesis de la subadministración o desaprovechamiento de recursos y potencialidades a ser invertidos en tecnología y desarrollo.

Un ejemplo palpable lo encontramos en Latinoamérica frente a los países que han alcanzado niveles tecnológicos de indiscutible avance e innovación. Realidad que influye determinantemente en la dependencia económica y sus consecuentes efectos en todos los ámbitos y sectores del continente, más la pérdida de su autonomía en cuanto a la explotación y aprovechamiento de los recursos naturales, donde la inversión y rentabilidad, muy pocas veces beneficia la educación, investigación y desarrollo tecnológico. Por lo tanto, la ciencia está indisolublemente atada al poder económico e intereses de los discursos del poder de la sociedad global, a quien poco o nada importa la realización personal de los habitantes del planeta, sino su dosificación en dóciles rebaños para obedecer y perpetuar. Mucho menos, en esta humanidad secularizada, en la cual los valores espirituales han sido desplazados y sustituidos por la concepción del ‘dios venidero’.

Con esta noción del ‘dios venidero’, quiero significar una impronta muy particular en estas sociedades del espectáculo, desafecto e intolerancia, que implica alimentar una eterna esperanza para desenfocar al sujeto de los tiempos vividos y abrir la posibilidad de una bienaventuranza que nunca llega a materializarse; sin embargo, sirve para encajar héroes y acontecimientos a modo de entidades salvíficas. Por ello, en momentos, un reputado artista, connotado atleta, próspero empresario, o artefacto tecnológico, asumen el rol divino dejado por el Dios de la espiritualidad, concebido bajo cualquier acepción religiosa. Porque las mismas instituciones que lo representan, han tenido que ingresar al espectáculo como medio de supervivencia, simplemente son instrumentos ideológicos, discurso del poder a defender una parcela determinada. Y la fe, es un simple instrumento de manipulación, deformación y castración de los ideales sublimes de la trascendencia.

Ante tal e innegable situación, la humanidad sigue yendo tras una esperanza cada vez más inalcanzable, vendida a partir de concepciones estrictamente materiales; recordemos: “Es más feliz, aquel que puede satisfacer sus necesidades” que, entre más suntuosas, mayor poder de reconocimiento tiene en estas sociedades del aturdimiento y el desenfreno. Mientras quien no lo pueda hacer, permanecerá esperanzado en la redención divina y el paraíso prometido por la conciencia cósmica. Vivirá por siempre del aplazamiento y las migajas de los discursos del poder para seguir sosteniendo las burbujas de la felicidad a manera de objetivo inmediato, a costa de sacrificar su mundo primordial e íntimo. En consecuencia, será campo fértil para seguir sembrando espejismos y sumir al sujeto en un laberinto donde las salidas no existen, al menos se busquen desde el sujeto y su interioridad fundante.

Sin duda alguna, este es el escenario en el cual surge la Inteligencia Artificial, el nuevo mesías en cuyos intrincados y complejos entramados tecnológicos, reside la herramienta “a cambiar el destino del mundo y la humanidad”, el interlocutor digital capaz de ‘razonar’, decía recientemente un apasionado defensor, y construir argumentos con base a lo solicitado por el humano, finito y mortal. “Pero eso no es nada”, agregaba otro, “hace poesía”, ante lo que debería aclararse: construye un poema según parámetros determinados, pues ‘hacer poesía’ es un acto profundamente humano, no una simple construcción enunciativa. Ante lo cual surge la imaginación/creación a manera de elemento diferenciador, porque de poder ‘escribir’ poesía, la Inteligencia Artificial es capaz de amar. Y allí, es prudente ir con mucho tiento para no caer en especulaciones, fanatismos o defensa de parcelas del conocimiento y el saber humano.

Con respecto a esta capacidad de amar de una máquina o entidad digital, ese ha sido una de las variables más manejadas por los profetas de la Inteligencia Artificial representados por el cine y la literatura. No debemos olvidar todos los antecedentes que de alguna u otra manera han preparado para la llegada del dios venidero. Recordemos en la cinematografía, películas como robocop, el hombre bicentenario, her, la vigilante del futuro; la literatura de Dan Brown, específicamente la novela el símbolo perdido, para sugerir el eterno conflicto de la máquina y el sentimiento humano, la capacidad de enamorarse, amar, convivir, compartir en el encuentro íntimo y cotidiano. De esa compleja relación surge la necesidad de corporeizar la máquina, darle un nombre, dotarla de voz, quizá para que los momentos de intercambio sean menos fríos y distantes. Pero persiste la intención de corporeizar la deidad, sigue vigente el patrón de las religiones de otorgar atributos humanos a los dioses y, de esta manera, configurarlos a imagen y semejanza del creyente.

En consecuencia, alrededor de la Inteligencia Artificial se desarrolla un complejo e intricado proceso semiótico, donde la codificación estrictamente científica entra en una readecuación significante al momento de ingresar el usuario de turno. Y allí se va a producir una subjetivación del objeto, es decir, el usuario va a desarrollar en menor o mayor grado, una relación afectiva con el objeto; ello ocurre con los dispositivos móviles a medida que van ‘conviviendo’ con el sujeto, al ser personalizados de diversas maneras, hasta llegar a ser parte imprescindible, en momentos, ejercer una supremacía sobre el humano con respecto a los determinantes niveles de dependencia. De esta forma la presencia íntima de Siri o Alexa ha trascendido los espacios domésticos para convertirse en la gran voz oracular capaz de cambiar el rumbo de la humanidad.

Bajo la referencia del proceso semiótico indicado anteriormente, es importante puntualizar que la Inteligencia Artificial no es un sujeto enunciante-atribuyente, es un medio o instrumento para compartir información a través de una base de datos a ampliarse a velocidades astronómicas, enriquecida por medio de las interacciones en función del conocimiento, asimilada cada vez más a las particularidades humanas en cuanto la simulación de diálogos y sus consiguientes implicaciones en los efectos del compartir/asimilar la información recibida. Pero también, supeditada a los objetivos, fines y propósitos de quienes se disputan ser dueños del mundo, porque de seguir aplicándose los recursos científicos y tecnológicos de la manera usual, el hombre seguirá labrando los caminos de su destrucción.

En fin, la Inteligencia Artificial será el ángel venido de alguna parte, sí redime la humanidad y la hace más equitativa, de lo contrario, seguirá siendo el demonio que habita entre nosotros y convierte la tierra en la eterna alegoría del infierno. Al parecer, los destinos de la humanidad, sólo están en manos del hombre y no de la máquina.

LUIS JAVIER HERNANDEZ CARMONA / Doctor en Ciencias Humanas
HERCAMLUISJA@GMAIL.COM